jueves, 27 de enero de 2011

La palmera dorada

     ¡Hola! Mi nombre es Sara, y soy de Alicante. Me encantan las plantas, así que contaré una anécdota que me ha ocurrido sobre eso. Desde pequeña siempre me ha gustado la flora y también dibujar, por eso es por lo que siempre me siento a dibujar en el jardín de mi casa, en el pueblo de La Palmera Dorada, “¿a que es un nombre precioso?” Me encanta mi pueblo y su bello nombre, pero vamos con mi pequeña historia.
     Una mañana en mi pueblo de Alicante, estaba sentada en un pequeño banco de piedra, dibujando a mi loro llamado Iris. Cuando terminé, fui a mi casa para coger pinceles y así poder colorear a Iris, cuando vi algo muy brillante que llamó mi atención. Puede que parezca mentira, es increíble, encontré semillas doradas, me acerqué con el brillo en mis ojos, cuando un hombre (el que compró las semillas, digo yo) me echó, las cogió y se fue corriendo. Me extrañó mucho, aunque en parte, no, porque la mayoría de habitantes de mi vecindario, eran avariciosos, y lo querían todo para ellos. Me fijé en que había una tirada en el suelo, así que decidí cogerla, me fui al jardín y se lo enseñé a mi loro, le estuve hablando sobre eso, aunque él repitiera todo lo que dijera. Pensé y pensé en qué iba a hacer con la semilla, si dársela o quedármela. De tanto pensar, decidí que iba a plantarla, porque por tener una, no creo que el hombre fuera a arrancármela de las manos. Cogí una regadera llena, tierra e hice un hueco. Metí la semilla, la enterré, le eché agua, y esperé días hasta que creció y se convirtió en una hermosa palmera dorada.
     La gente que pasaba por allí, se quedaba estupefacta y venía a visitarlo. Mis padres estaban dispuestos a venderla por una suma indescifrable. Yo les dije que no, que no se las iba a vender, que la que decidía aquí era yo, pues fui la que la plantó. Mis padres, con tristeza, aceptaron lo dicho y echaron a la gente de mi casa. Al menos, mis padres se quedaron contentos, porque, aunque no tuviéramos el dinero que ellos querían, a pesar de ser una niña de doce años, llamé a las cadenas de televisión y, durante dos o tres días, estuvieron anunciando algo parecido a: “Buenas tardes, público. Como siempre, los informativos del día: una pequeña niña, halló una semilla, y extrañada decidió plantarla. Resultó ser una palmera, mas no es una palmera cualquiera, es nada más y nada menos que una palmera dorada. Oyen bien, una palmera dorada. Dejaremos que esta pequeña nos cuente todo”. Me hicieron una pequeña entrevista y me ofrecieron ser dibujante, pues encontraron mi dibujo y se quedaron fascinados. Les dije que preferiría ser botánica.
     Pasaron los días y me hice famosa. Desgraciadamente, me olvidé cuánto amo la naturaleza. Sólo me dediqué a firmar autógrafos y saludar a la gente, (sé lo que diréis, mejor ser botánica que dedicarme a eso) con un nombre un tanto raro, “la humana con poderes sobrenaturales”, creyendo que lo de la planta fue magia, hecha por mí. Cuando volví a mi casa, (que por cierto se convirtió en un chalet) me di cuenta que estaban talando la palmera. Me puse como loca y me di cuenta que la fama es efímera, es decir, que no dura para toda la vida. Empecé a llorar y me volví una estúpida niña, famosa y que sólo le interesa que le aclamen. Corrí hacia los hombres, me puse tan furiosa, que le pisé el pie a uno, e Iris, mi loro, les dio picotazos. Salieron corriendo, y me acerqué a la planta. No estaba talada del todo pero, lo parecía. Con magia (parece increíble, pero era ni más ni menos que magia se recuperó el árbol. No sé por qué, no me interesó saber si era magia u otra cosa. Lo único que me importaba en ese momento era mi preciada palmera.
     Aunque, mi palmera dorada... Espera un segundo ¡ya está! Por fin el nombre de mi pueblo tiene sentido, puesto que ya hay una verdadera palmera dorada. Este día ha sido muy divertido y alucinante, por supuesto, la flora me siguió encantando. Y por supuesto dibujar, dibujar la naturaleza...

LAURA MORENO OCHOA

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