Un día de verano, hace dos o tres años, mis primas estaban jugando en la orilla cuando, de repente, llegó una ola, ¡qué miedo pasé! Mi prima pequeña empezó a llorar, hasta que vino mi madre para cogerla en brazos, a la chiquilla le había dado un vuelco el corazón. Pobre de la hermana, que al ver que no podía hacer nada, empezó a llorar. Pensaba que su hermanita se estaba ahogando aunque estuviera en la misma orilla, siete u ocho metros tras ella. Al volver a casa, llamamos a mis tíos para contarles lo ocurrido, mi tía no podía hablar, se sentía tan mal por no haber podido estar allí con su pequeña, que empezó a entristecerse, de manera que cortó el teléfono. Con el paso del tiempo cada vez nos sentíamos mejor porque la chiquilla, a pesar de haber sido la perjudicada, si nos veía tristes, nos hacía reír, y eso que solo tenía dos añitos. Al final del día mi prima no lloró, como hacía todas las noches, sino que estuvo atenta para ver si alguno de nosotros no dormíamos o dejábamos de estarlo. Al día siguiente vinieron mis tíos a ver a la pequeña, que estaba muy contenta, no paraba de decir que íbamos a ir a la piscina, y que ella iba a ir con sus manguitos. Estábamos muy felices de lo que se divertían mis primas, ni lloraban ni se peleaban; bueno, pelearse un poquito.
NURIA MESA SERRANO