Había una vez una niña con la que nadie quería estar porque decían que era rara. Ella decía que tenía amigos pero eran los personajes de los cuentos que leía. Siempre estaba en la biblioteca, leyendo algún libro. Tanto era así que ya tenía que leer libros que no eran aptos para su edad, puesto que se los había leído todos. Novelas, cuentos ficticios... todo le gustaba. Aunque nadie la comprendiese, se sentía feliz.
-No estoy sola - decía ella- estoy en compañía de Caperucita Roja, el Lobo y el Leñador.
Los niños le insultaban diciéndole: “¡Vete a un psiquiatra!” o “¿Qué has tomado hoy?”.
Ella, llorando desconsoladamente, se evadía rápidamente y se iba a leer, y al poco tiempo, ni se acordaba. Se imaginaba que estaba buceando por los mares con la Sirenita o en un barco con Barbanegra. Nunca estaba aburrida.
Una vez se imaginó que iba en un barco en busca del tesoro de Tiguanaco. Estaba navegando a bordo de una fantástica carabela, cuando de repente, unos piratas abordaron el barco. La niña luchó con afán. Unos momentos después Barba Azul se apoderó del barco. Ana, que así se llamaba la niña, aterrizó junto a su tripulación en una isla desierta. La niña vio una cosa que resplandecía en la dorada arena. Se puso a cavar y descubrió un cofre de madera y metal. En su interior había una estatuilla de oro macizo de valor incalculable perteneciente al Imperio Inca, el tesoro tan codiciado por algunas personas. De repente, despertó y se dio cuenta de que estaba en su cama; se había quedado dormida.
Una tarde, decidió ir al parque a dar un paseo y conoció a un niño. Se pusieron a jugar y se reían a carcajadas. A partir de aquella tarde de verano, Ana, en vez de imaginarse como si estuviese en los cuentos que escribían personas y que ella leía, empezó a escribir sus propios cuentos y así, a partir de entonces, continuó con su afición a la lectura pero de otra manera. Lo que Ana no sabía, y tampoco se esperaba, es que pronto se convertiría en una gran escritora.
Lo que he querido contar con esta historia es que no hay nada mejor que el poder de la imaginación.
CLARA MEDEL DOMÍNGUEZ
¡¡Una historia preciosísima!! ¡¡Lo has hecho genial!!
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