Era una mañana fría pero tranquila. En un pueblo llamado El Gran Olivo, me encontraba yo con mi familia. Yo vivía en una calle vieja, que no me acuerdo ni cómo se llamaba.
En fin, estaba paseando con mis amigos cuando me enteré de que mi gatito se había escapado. Yo no me desesperé, cogí mi chaquetón, ya que hacía frío, unos guantes, una estaca de mi padre y el silbato preferido de mi gato. Fui con mi hermano, buscando y buscando por el sendero de mi abuelo, en los bosques, en los campos... pero nada. Seguía sin desesperarme, pero mi hermano sí. Se me ocurrió tocar el silbato, lo toqué un par de veces pero seguía sin aparecer. Mi hermano vio un refugio de roca, nos agachamos sigilosamente y miramos: estaba mi gato Lían y también estaba la gata de mi vecina. Pensé en cuál sería el motivo de que vinieran aquí y en ese momento vi una mochila; era del señor Roberts, el mayor ladrón de gatos. Cogimos a los gatos, nos fuimos a mi casa y dicha historia se la acabo de contar a mi abuelo.
RAÚL VERGARA RUBIO
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