Era otro invierno frío, y en Madrid, una niña llamada Lucía, esperaba muy impaciente que se terminara el fin de semana. Sí, no habéis leído mal, quería que se terminara el fin de semana. Cómo ya sabéis los lunes empieza otra vez la rutina, levantarse pronto, el instituto, aguantar a los profesores de ocho y media a tres de la tarde y después los deberes y estudiar, si hace falta, toda la tarde; pero la rutina de los lunes y los miércoles de Lucia cambiaba por la tarde, porque tenía clases de baile. Bailar era lo que más le gustaba en el mundo, ella decía que si no podía bailar le entraría una ''depresión de caballo'' (se lo había escuchado una vez decir a su madre, ella no hablaba así).
Era un lunes como otro cualquiera y la ''seño'' de baile, Carmen dijo antes de calentar que las alumnas se sentaran en el suelo para hablar con ellas. Cuando se sentaron, la profesora les preguntó lo que querían ser de mayores. Claudia dijo que veterinaria, Martina profesora de niños pequeños y, cuando llegó el turno de Lucía le contestó que quería ser bailarina. El problema de Lucía es que éste era su último curso en la escuela en la que ella estaba porque ya tenía más edad de la permitida y no sabía donde podía seguir bailando después. Vosotros pensaréis, “pues que se compre un CD y se ponga a bailar en el salón de su casa”, pero esa no era una solución; si ella quería dedicarse a el mundo del baile de mayor, no podía estar bailando en el salón de su casa, Lucía tenía que apuntarse a una academia profesional.
Ese día al volver a casa, la niña, un poco preocupada, le preguntó a su madre dónde bailaría cuando acabara este curso. Su madre le contestó que, al otro lado de la ciudad había un conservatorio de música y danza profesional pero que era muy difícil entrar porque tenía un nivel muy alto, mucho más alto que el de la escuela en la que ella estaba. Lucía era una de las mejores de la clase, pero aún así, según su madre, no tenía suficiente nivel para conseguir entrar si se presentaba para el próximo curso.
- Si le cuento lo que me pasa a Carmen -pensaba Lucía- ella me podría enseñar más técnica y, así, poder entrar al conservatorio.
Llegó el miércoles y Lucía le contó a su profesora lo que había pensado sobre ir al conservatorio. Carmen le dijo, también, que era muy difícil entrar allí pero que ella haría todo lo posible para que pudiera hacerlo y seguir estudiando baile hasta que fuera ya mayor para dejarlo.
Cuando llegó a su casa se duchó y cenó muy rápidamente para mirar en Internet cómo se podía hacer una prueba para el conservatorio. Para hacer la prueba tenía que coger cita allí mismo, al otro lado de la ciudad, nada más y nada menos. También tenía que ir vestida con una malla rosa, unas medias rosas (sí, rosas), una zapatillas de ballet rosas (sí, otra vez rosas) y un moño bien recogido sin un pelo fuera... Lucía imprimió la lista de los requisitos y se la enseñó a sus padres y a la ''seño'' Carmen. A partir de ese día la profesora se centró mucho más en Lucía para que le saliera todo mucho mejor; tenía que conseguir entrar y era muy difícil... como ya sabéis.
Llegó el día de la prueba, todo el mundo estaba nervioso, la madre de Lucía, el padre, los tres hermanos que tenía la niña y, por supuesto, la profesora Carmen. Se asomó una señora de aspecto mayor que dijo:
- Lucía Robles Martín, pase a hacer la prueba.
Ése era su momento, si no lo hacía bien todo un año de esfuerzos no habría servido para nada. Lucía entró en la sala. Había tres mujeres y un hombre sentados en sillones detrás de una mesa cuadrada con un mantel rojo. Una de las mujeres le dijo que se presentara; después otra le dejo que se fuera a la barra y le dijo que hiciera una serie de ejercicios, y los hizo bastante bien; el hombre le dijo que hiciera otra serie de ejercicios en el centro y, por último, la otra mujer le dijo que si sabía bailar con puntas (son unas zapatillas de baile especiales) pero ella no sabía; eso era un inconveniente para poder entrar, era un gran inconveniente. Lucía terminó la prueba y se fue a su casa a esperar a que le llegara la carta del conservatorio para saber si estaba dentro o no.
Todos los días, la niña miraba el buzón para ver si había llegado la esperada carta; un sábado de lo más normal, Lucía, como siempre después de comer, lo miró y allí estaba la cosa ''más valiosa del mundo''. Fue corriendo a enseñársela a su familia, la abrió y... ¡¡lo había conseguido!! Lucía no pudo contener las lágrimas de la emoción, todo su trabajo no había sido en vano.
Con esta historia quiero comunicar que las cosas no se consiguen ''gratis'' y que hay que trabajar mucho para llegar a donde uno quiere; que las cosas no son imposibles si uno se propone conseguirlas.
LA META ESTÁ LEJOS, PERO ESTÁ.
JULIA LLINARES GÓMEZ
¡Como siempre, me has dejado de piedra!
ResponderEliminar¡¡Muy bien, Julia!!
Muy bonito Julia
ResponderEliminar¡Sigue así!
Espero que consiga todo lo que te propongas como la chica de tu redacción. ¡Sigue así! Besos.
ResponderEliminarMe gusta mucho leer tus escritos; y seguro que, como la bailarina, todo lo que te propongas lo vas a conseguir. Un beso.
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